Desde que me operaron de la cadera, mi amado jardín se había vuelto un lugar lleno de desorden. La hierba creció descontroladamente y las flores que alguna vez cuidé con esmero, habían sido olvidadas. Recibí una carta del Ayuntamiento que me recordaba la importancia de mantener las normas estéticas del vecindario. Ante tal situación, decidí actuar, aunque mis instintos me empujaran a rechazar la ayuda de extraños.
Un Encuentro Sorprendente
Una tarde, mientras me preparaba para cerrar la puerta, escuché la voz de un joven. Era un chico tatuado, que