y una sorpresa totalmente inesperada.
Pero el mejor regalo no fue la casa.
No fue el viaje.
Ni siquiera se trataba de la promesa de no volver a pasar nunca más unas vacaciones solo.
Fue saber que, a partir de ese día, nunca más tendría que contar los meses hasta volver a ver a mis hijos.
Finalmente estuvieron cerca.
Y esta vez, a solo unos minutos de distancia.