Cuando 740 niños fueron condenados a muerte en alta mar durante la Segunda Guerra Mundial, el mundo entero dijo “no”. Solo un hombre dijo “sí”. Era 1942.
Un viejo barco
flotaba a la deriva en medio del Océano Índico como un ataúd. A bordo viajaban 740 niños polacos, huérfanos que habían sobrevivido a los campos de trabajo soviéticos donde sus padres habían muerto de hambre, enfermedad y agotamiento.
“Sí”, más fuerte que el miedo.
A pesar de la presión y las advertencias, abrió sus tierras.