Tenía 34 años y estaba embarazada de siete meses cuando decidí cubrir todo mi cuerpo de tatuajes. En cuanto mi esposo me vio, me gritó: «¿Te has vuelto loca? ¡Ni siquiera has pensado en nuestro bebé!». Mi suegra me dijo que nunca más volviera a poner un pie en su casa. Pero ninguno de los dos tenía idea de por qué lo había hecho realmente…

tiempo comencé a sentir miedo.

 

Me imaginaba teniendo una hija que algún día se pararía frente al espejo, igual que yo, y odiaría su propio cuerpo.

 

 

Esa idea no me dejaba en paz.

 

Decidí que, antes de que naciera mi bebé, tenía que cambiar algo.

 

No mi peso.

 

No mi rostro.

 

Sino

a manera en que me veía a mí misma.

 

Durante mi embarazo, comencé a consultar con profesionales. Por razones de seguridad, decidí posponer los tatuajes permanentes y opté por diseños