Mi prometido cargó a su mejor amiga hasta el coche nupcial y me dijo que tomara un taxi

hablando con alguien del hotel.

—El salón panorámico —dijo—. Sí, el de la planta cuarenta y dos.

Lo miré.

—Mateo.

Levantó una mano.

—Un segundo.

Escuchó.

—No necesito decoración desde cero. Utilicen las flores blancas del evento corporativo de esta mañana. Cambien mantelería. Iluminación cálida. Y quiero un arco.

Se quedó callado.

—No me importa cuánto cueste.

Colgué la mirada en él.

Cuando terminó la llamada, guardó el teléfono.

—¿Qué estás haciendo?

—Lo que dijiste.

—Dije una locura.

—Yo también estoy teniendo un día extraño.

—Mateo.

—¿Quieres volver abajo?

No