primera vez comprendí algo que me pareció casi doloroso.
Mateo sabía exactamente lo que era necesitar “pruebas suficientes” para justificar tus propios sentimientos.
—Entonces sí —dije.
—¿Sí qué?
—Sí quiero.
Mateo se quedó inmóvil.
—Elena.
—Quiero casarme contigo.
Victoria cerró los ojos un instante.
—Perfecto.
Su hijo la miró.
—¿Perfecto?
—Si vais a hacer una locura, al menos que esté bien organizada.
Había un problema.
Muchos, en realidad.
El principal era legal.
No se podía convertir mágicamente una ceremonia preparada para dos personas en un matrimonio civil válido para otras