—¿Qué clase de mensajes?
Mateo sacó aire.
—Nada explícito.
—Eso no responde.
—Demasiada intimidad.
—¿Desde cuándo?
—Más de un año.
Sentí frío.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque yo tampoco sabía si estaba exagerando.
Qué frase tan conocida.
Mateo abrió de nuevo el teléfono.
—Tengo capturas.
—¿Las conservaste?
—Sí.
—Enséñamelas.
Él dudó.
—Hoy no.
—¿Por qué?
—Porque si vas a tomar una decisión, quiero que la tomes por cómo te trató delante de todos. No porque encuentres un mensaje que te dé permiso para irte.
Lo miré.
Y por