vez no volví.
Subí a otro piso.
Entré en otro salón.
Y terminé construyendo otra vida.
A veces pienso que Adrián tenía razón en una sola cosa.
Aquel juego sí consistía en reconocer a la novia con los ojos cerrados.
Solo que la prueba nunca fue para él.
Fue para mí.
Necesité siete años y una boda destruida para abrir los ojos.
Y cuando finalmente lo hice, descubrí que la persona que más necesitaba reconocer…
era yo misma.