autorizado aquellos movimientos y hasta dónde llegaba el engaño.
El viernes siguiente descubrí que Ricardo organizaría una fiesta en la residencia.
Decidí presentarme.
Me puse el mejor vestido que tenía, uno azul marino que yo misma había confeccionado años atrás. Mi hermana Lucía me acompañó y llevó a Mateo para que pudiera ver a su padre. Habíamos acordado que ella cuidaría al niño si surgía algún problema.
Cuando llegamos al fraccionamiento, un vigilante nos miró con desconfianza.
—¿A quién buscan?
—A Ricardo Mendoza. Soy su esposa.
El hombre frunció el