ceño.
Antes de responder, un automóvil plateado salió de la residencia.
La ventanilla descendió.
Una mujer hermosa, con lentes oscuros y joyas brillantes, nos observó como si fuéramos basura.
—¿Quiénes son estas personas?
—Dicen que buscan al señor Ricardo, señora Valeria.
La mujer soltó una carcajada.
—Pues sáquelas de aquí. No queremos limosneras arruinando nuestra fiesta.
Entonces vi a Ricardo sentado junto a ella.
Y en el asiento delantero estaba mi suegra, Patricia.
Los dos me reconocieron.
Ricardo bajó inmediatamente la mirada. Patricia, en cambio, sonrió con desprecio.
El automóvil