Mi esposo me llamaba desde su supuesto trabajo y decía: “Aguanta un poquito más, pronto tendremos nuestra casa”. Mientras tanto, nuestro hijo de tres años y yo vivíamos entre goteras. Hasta que mi abuelo llegó y preguntó dónde estaba la residencia que nos había comprado. Guardé la dirección y fui sin avisar. Allí encontré a mi marido, a otra mujer y a mi suegra viviendo como millonarios…

nuestro hijo y no tenía dinero suficiente para retomarlos.

A veces cenaba solamente tortillas con frijoles para que Mateo pudiera tomar leche y comer fruta.

Ricardo decía que tampoco comía bien. Me mandaba fotografías de tortas baratas y habitaciones compartidas con otros trabajadores.

Y yo sentía orgullo de tener un marido tan trabajador.

Hasta que apareció mi abuelo Ernesto.

Llegó en una camioneta negra, acompañado de su chofer. Era dueño de una empresa constructora y varios negocios familiares. Desde que falleció mi madre, había sido la persona que más me