que me escuches —dije, mirándolo fijamente—. Durante dos años me hiciste sentir culpable por pedirte dinero para tu hijo. Me decías que cada peso contaba mientras aquí comprabas muebles, joyas y automóviles.
Él intentó interrumpirme.
Le pedí que me dejara terminar.
—Hubo noches en que Mateo me preguntaba por qué no teníamos una cama como la de sus primos. Yo le decía que papá estaba trabajando para conseguirla. ¿Sabes qué era lo más triste? Que él se dormía abrazando una fotografía tuya porque te extrañaba.
Ricardo se quedó inmóvil.
—No