Mi esposo me llamaba desde su supuesto trabajo y decía: “Aguanta un poquito más, pronto tendremos nuestra casa”. Mientras tanto, nuestro hijo de tres años y yo vivíamos entre goteras. Hasta que mi abuelo llegó y preguntó dónde estaba la residencia que nos había comprado. Guardé la dirección y fui sin avisar. Allí encontré a mi marido, a otra mujer y a mi suegra viviendo como millonarios…

que me escuches —dije, mirándolo fijamente—. Durante dos años me hiciste sentir culpable por pedirte dinero para tu hijo. Me decías que cada peso contaba mientras aquí comprabas muebles, joyas y automóviles.

Él intentó interrumpirme.

Le pedí que me dejara terminar.

—Hubo noches en que Mateo me preguntaba por qué no teníamos una cama como la de sus primos. Yo le decía que papá estaba trabajando para conseguirla. ¿Sabes qué era lo más triste? Que él se dormía abrazando una fotografía tuya porque te extrañaba.

Ricardo se quedó inmóvil.

—No