nuestra casa y me hizo creer que la había perdido.
Mi esposo bajó la cabeza.
Aquello fue suficiente.
Valeria empezó a quitarse la joya, aunque todavía intentó justificarse.
—Yo no sabía que era tuya.
—Ahora lo sabes.
Dejó la pulsera sobre la mesa.
La recogí con mucho cuidado.
Recordé las manos de mi madre abrochándomela cuando cumplí dieciocho años. Recordé su voz diciéndome que jamás permitiera que alguien me hiciera sentir menos por no tener dinero.
Y comprendí cuánto había olvidado de sus enseñanzas.
Pero todavía faltaba algo.
—Ricardo, quiero