aseguraba que estaba comiendo tortillas frías en una obra.
Ahora llevaba un reloj que probablemente costaba más de lo que yo había ganado lavando ropa durante dos años.
—¿Arreglar qué, Ricardo? —pregunté—. ¿El dinero? ¿La infidelidad? ¿O las veces que ignoraste a tu hijo?
Se cubrió el rostro con ambas manos.
Patricia se acercó rápidamente a mi abuelo.
—Don Ernesto, piense en Mateo. No puede destruir a su padre.
Mi abuelo la miró con una tristeza profunda.
—Ustedes pensaron muy poco en ese niño cuando lo dejaron viviendo en condiciones