Mi esposo me llamaba desde su supuesto trabajo y decía: “Aguanta un poquito más, pronto tendremos nuestra casa”. Mientras tanto, nuestro hijo de tres años y yo vivíamos entre goteras. Hasta que mi abuelo llegó y preguntó dónde estaba la residencia que nos había comprado. Guardé la dirección y fui sin avisar. Allí encontré a mi marido, a otra mujer y a mi suegra viviendo como millonarios…

que ninguno de ustedes habría aceptado.

Entonces Patricia se volvió hacia mí.

—Hijita, perdóname. Yo solamente quería lo mejor para Ricardo.

—Lo mejor para tu hijo nunca debió significar lo peor para tu nieto.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¡Siempre fuiste una malagradecida!

Aquella reacción confirmó que su arrepentimiento no era sincero.

Valeria empezó a recoger sus pertenencias. Había comprendido que el dinero que sostenía su vida de lujos estaba en peligro.

Ricardo le pidió que se quedara.

Ella respondió con frialdad:

—Tú me prometiste una vida estable, no problemas con