quise ofrecerles.
Un año después, mi taller tenía veintidós empleadas y estábamos preparando la apertura de nuestra primera tienda.
Mateo había comenzado el preescolar. Era un niño alegre, cariñoso y lleno de preguntas.
Todavía preguntaba ocasionalmente por su padre.
Yo le hablaba con palabras apropiadas para su edad, sin inventarle historias ni enseñarle a odiarlo.
Su relación con Ricardo tendría que construirse con responsabilidad, no con las promesas vacías que yo había escuchado durante tanto tiempo.
Una mañana fui a revisar un local cerca del Mercado de Abastos de Guadalajara.