Mi esposo me llamaba desde su supuesto trabajo y decía: “Aguanta un poquito más, pronto tendremos nuestra casa”. Mientras tanto, nuestro hijo de tres años y yo vivíamos entre goteras. Hasta que mi abuelo llegó y preguntó dónde estaba la residencia que nos había comprado. Guardé la dirección y fui sin avisar. Allí encontré a mi marido, a otra mujer y a mi suegra viviendo como millonarios…

tener una tienda más grande?

Miré el espacio vacío que pronto llenaríamos con nuestro trabajo.

Sonreí.

—Claro que sí. Pero vamos a conseguirlo juntas, sin pisotear a nadie para llegar.

Aquella tarde regresé a casa y encontré a Mateo dibujando con su bisabuelo.

Había pintado una casa pequeña, un jardín lleno de flores y tres personas tomadas de la mano.

—Mira, mamá —me dijo orgulloso—. Esta es nuestra casa.

Me señaló una figura con vestido azul.

—Esta eres tú. Aquí estoy yo. Y este es el bisabuelo.

Lo abracé con