años perdidos.
El automóvil comenzó a avanzar.
Ricardo levantó una mano tímidamente, pero yo no bajé la ventanilla.
No necesitaba humillarlo ni demostrarle cuánto había cambiado mi vida.
La verdadera diferencia entre nosotros nunca había sido la casa, el automóvil o la ropa.
Era que yo había aprendido a construir sin destruir a nadie.
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Cuando llegué al nuevo local, encontré a mis empleadas esperándome con muestras de telas y diseños.
Una de ellas me preguntó:
—Señora Mariana, ¿cree que algún día podamos