médico. Necesitaba un hombre que no me ocultara.
Guardó la caja de nuevo.
—Espero que algún día encuentres a alguien que lo entienda antes que yo.
—Yo también.
Nos despedimos.
Aquella fue la última conversación personal que tuvimos.
Un año después, durante la inauguración de una clínica gratuita financiada por nuestra fundación, mi madre se acercó y me preguntó si me arrepentía de haber ocultado mi identidad durante tanto tiempo.
Miré a los médicos jóvenes que recibían sus becas. Muchos venían de pueblos pequeños. Algunos eran hijos de inmigrantes.