paralizado mirando a aquella mujer cubierta de polvo rojo.
Era Teresa, su madre.
Pero parecía haber envejecido 20 años desde la última vez que la abrazó.
6 años antes, Santiago había salido del pueblo con una mochila remendada, 2 pantalones y 18,000 pesos que Teresa consiguió, según ella, vendiendo unas joyas de su abuela.
—Estudia, mijo. Aquí ya sufrimos
bastante. Tú no naciste para pedir permiso toda la vida.
Santiago cumplió.
Trabajó de noche, estudió ingeniería, durmió meses en un cuarto compartido y terminó creando una plataforma logística que