quiso lanzarse sobre ella.
No llegó.
Lo derribé de un golpe y, entre los 2, lo mantuvimos en el suelo hasta que pude amarrarle las manos con una cuerda. Centella se quedó a un lado, enseñando los dientes cada vez que intentaba moverse.
Rosalba dejó el revólver lejos y se sentó en el primer escalón del corredor. Yo me arrodillé frente a ella.
—Se acabó —le dije.
Negó con la cabeza.
—No. Se va a acabar cuando yo pueda decir mi nombre sin esconderme.
Tenía razón.
Esa misma noche llegaron