Una mujer llegó de noche a un rancho aislado con un burro cargado de sus cosas y rogó a un viudo que la dejara dormir en el corredor porque huía de su marido. Mientras tomaba café bajo la única lámpara encendida del valle,

primero.

Lo tomó del suelo con ambas manos.

Nemesio se quedó quieto. Yo también.

—Rosalba, mi reina —empezó él, con esa voz suave que ella ya conocía—. Vámonos a casa. Yo voy a cambiar.

Ella temblaba. No bajó la mirada.

—Eso mismo decías después de cada golpe.

—Tú no eres una mujer capaz de dispararme.

Rosalba respiró hondo. Durante unos segundos pensé que todo podía terminar ahí, en un estampido.

Pero bajó el arma.

—Tienes razón en una cosa —dijo—. No voy a matarte. No pienso convertirme en ti.

Nemesio