encendió la lámpara del corredor y Centella se echó debajo de la banca.
Yo me quedé mirando la luz sobre el camino por donde ella había llegado con su burro, cansada, cubierta de polvo y pidiendo nada más un pedazo de techo.
Durante 3 años creí que aquella lámpara iluminaba una ausencia.
Rosalba me enseñó que también podía iluminar una salida.
Y desde entonces, cada noche antes de dormir, uno de los 2 la enciende. No para esperar milagros ni para olvidar lo que pasó, sino para recordar que una