Una mujer llegó de noche a un rancho aislado con un burro cargado de sus cosas y rogó a un viudo que la dejara dormir en el corredor porque huía de su marido. Mientras tomaba café bajo la única lámpara encendida del valle,

podía recuperar su nombre.

Casi 2 años después, Rosalba me tomó una mano mientras yo lavaba las cubetas de la ordeña y la puso sobre su vientre. No hizo falta que dijera mucho. Me quedé sentado en el escalón, llorando sin vergüenza. Cuando nació nuestro hijo, Eduviges fue su madrina. No creí que una casa pudiera cambiar tanto: del silencio pasamos al llanto de madrugada, a los pañales junto al fogón y a Centella vigilando la cuna como antes había vigilado a Rosalba.

Esa noche regresamos temprano al rancho. Rosalba