cariño; ella necesitaba recuperar primero la tranquilidad de decidir por sí misma. Pero cada día esperaba con más ganas verla sentada frente al café.
Una tarde me contó lo demás. Nemesio le había pegado durante años y después pedía perdón. La noche en que confesó lo de su primera esposa, Petronila, Rosalba comprendió que podía terminar igual. Antes de huir tomó de un baúl un reloj de plata que había pertenecido a aquella mujer.
Lo puso sobre mi mesa. Dentro tenía grabado: “Para Petronila, de tu hermana Eduviges”.
—Esto puede