llevarnos a alguien que la reclame —dije.
Rosalba asintió.
Pero antes de que pudiéramos movernos, el peligro llegó.
Un domingo bajé al mercado de Xicotepec con los quesos. Un hombre de sombrero fino se acercó al puesto. Tenía ojos claros y una sonrisa tranquila que me puso la piel helada.
—Busco a una parienta —dijo—. Joven, pelo rizado. Anda confundida y contando cosas que no son ciertas. Viajaba con un burro canelo.
Mentí. Le dije que había oído de una mujer rumbo a la costa.
Él me sostuvo la mirada