Su maestra le había dicho que los regalos hechos a mano guardaban algo que el dinero nunca podía comprar: el tiempo de quien los hacía.
Aquella tarde, Lucía entró al edificio de la empresa con una bolsa de papel decorada con corazones.
—Mi papá está ocupado, ¿verdad? —preguntó a la recepcionista.
—Está en una reunión, preciosa.
—Entonces será una sorpresa.
La mujer sonrió y le pidió que tocara antes de entrar.
Lucía prometió hacerlo, pero la emoción pudo más.
Empujó la puerta del despacho.
—¡Papá, feliz Día del…!
La bolsa