la madera.
—Quiero quedármelo —dijo Lucía.
—Es tuyo.
—Antes quería que papá estuviera orgulloso de mí.
Elena le acarició el cabello.
—Yo estoy orgullosa de ti.
—¿Aunque esté chueco?
—Especialmente porque lo hiciste con tus propias manos.
Lucía sonrió por primera vez al hablar del osito.
Un año después, Elena organizó una exposición escolar en colaboración con un centro comunitario de Querétaro.
Los niños presentaron trabajos de madera, pinturas y pequeñas esculturas.
Lucía llevó su oso.
Lo colocó sobre una mesa con una tarjeta escrita por ella misma:
“Hecho con