también sonrió.
Su hija estaba comenzando a sanar.
El procedimiento familiar estableció medidas de convivencia supervisada, sujetas al bienestar emocional de Lucía.
Gabriel, enfrentado a las consecuencias de sus decisiones, comenzó a recibir apoyo psicológico.
Durante semanas, Lucía no quiso verlo.
Elena respetó sus sentimientos y siguió las recomendaciones profesionales.
Hasta que una tarde la niña preguntó:
—¿Papá todavía tiene mi regalo?
Elena dudó.
—No lo sé, corazón.
Lucía sacó el osito de una caja.
Mariana había pegado cuidadosamente la oreja rota.
La reparación era visible.
Una pequeña línea atravesaba