aterradoras, apareció el cirujano.
—Lo ha conseguido. Ha sobrevivido a la operación.
Rompí a llorar.
Tres meses después, mi abuelo ya estaba de vuelta en casa, sentado en su sillón
favorito y rodeado de su familia.
Y todos los viernes por la noche iba a visitarlo.
No porque él me lo pidiera.
Sino porque por fin había comprendido algo que mi abuela había escrito en su última carta:
«Algún día te darás cuenta de que las personas que más te quieren no siempre son las que encuentran las palabras adecuadas.