La noche en que le confesé a mi esposa que la dejaba por una mujer mucho más joven, me había preparado para una pelea terrible.
Creía que se pondría a llorar.
Que me preguntaría en qué había fallado.
Que me suplicaría que no destruyera a la familia kara.
Pero Elena no hizo nada de eso.
Se quedó sentada frente a mí, en la mesa de la cocina, y me miró largamente.
Luego me hizo una pregunta que en ese momento me pareció ridícula.
— Ricardo, antes de que te vayas, quiero