Dejé a mi esposa por unakara mujer de 29 años, y descubrí a qué había renunciado

estaba furioso.

Que defendía a su madre.

Que necesitaba tiempo para aceptar mi nueva relación.

No le respondí.

O quizá no quería saber lo que intentaba decirme.

En los meses

siguientes, Camila se volvió cada vez más insistente con el tema del dinero.

Yo me sentía cada vez más inquieto.

Ya no tenía la misma alegría al volver a casa.

Había empezado a preguntarme si la mujer que me había hecho sentir veinte años más joven me quería de verdad.

Pero me daba vergüenza reconocer que quizá me había equivocado.