manos metidas en los bolsillos. Lo crié desde que tenía siete años. Le preparé miles de desayunos, firmé libretas escolares, esperé despierta cada madrugada en que volvió tarde. Nunca le exigí que me llamara mamá. Nunca me hizo falta.
Tres semanas después del entierro, vino a verme. No se sentó. Dijo que la casa valía mucho, que él tenía deudas
y que lo justo era venderla y repartir. Hablaba rápido, sin mirarme.
—Matías, esta casa es todo lo que tengo —le dije—. Tu padre la dejó a mi nombre.
—Mi