padre no pensaba con claridad al final —respondió.
Le dije que no. Entonces su cara cambió.
—¡Nunca fuiste mi madre! —gritó—. No te debo ningún respeto.
Sentí que algo se me rompía por dentro, pero mantuve la voz firme.
—Entonces, vete de mi casa.
Tomó la chaqueta y se fue sin cerrar la puerta. Esa noche lloré más que el día del funeral.
Su habitación, intacta
Pasó una semana sin noticias. Una tarde, para no pensar, decidí limpiar la habitación de Matías. Seguía casi igual que cuando se había ido