esto».
Se me nubló la vista. Seguí revisando. Había más papeles: facturas de la clínica, de los medicamentos importados que los médicos recomendaron al final, de la ambulancia privada. Todo estaba pagado por Matías. Con dinero que no tenía. Con préstamos que pedía a espaldas de todos, mientras yo creía que el seguro y los ahorros de Ernesto alcanzaban para todo.
Al fondo de la carpeta encontré una última cosa: una foto de nosotros tres, tomada en una playa cuando Matías tenía ocho años. Yo lo llevaba de la mano.