nada —le susurré—. Pero a partir de hoy no cargas con esto solo.
—Lo siento, mamá —dijo él. Fue la primera vez que me llamó así. Tenía veintiséis años y
le temblaban las manos.
Cómo salimos adelante
No vendí la casa. Hablamos con un abogado y con el banco, renegociamos las cuotas y usé una parte de mi pensión para ayudarlo. Alquilé la habitación de arriba a una maestra jubilada, y Matías se mudó de nuevo conmigo mientras se ponía de pie. Cada domingo repasamos juntos los números, entre mate