esposa se llamaba Verónica.
Nos casamos cuatro años después de que mi primera esposa, Mariana, falleciera de cáncer.
Mariana me dejó el regalo más hermoso que un hombre puede recibir: nuestra hija, Valeria.
Cuando conocí a Verónica, Valeria tenía once años.
Era una niña tímida, inteligente y muy cariñosa.
Verónica me aseguró que la trataría como si fuera su propia
hija.
Y yo le creí.
Ese fue el error más grande de mi vida.
Todo comenzó un jueves por la noche.
Había salido de Querétaro con un cargamento destinado a