Un desconocido me pidió que fingiera que me había quedado dormido en su hombro durante un vuelo, y pensé que era la petición más extraña que jamás me habían hecho.

El teléfono de Noah volvió a vibrar.

Leyó el mensaje y maldijo entre dientes.

“¿Qué?” pregunté.

—El hombre aún se encuentra en la zona de llegadas —respondió Mara por él—. Pero ahora lo acompañan dos agentes del aeropuerto.

Casi me fallan las rodillas. “¿Puede llevarse a Lily?”

“No sin papeleo”, dijo Noah.

—No conoces a Ryan —dije, con voz temblorosa—. Miente como si respirara. Les dirá que estoy inestable. Dirá que la secuestré. Dirá cualquier cosa con tal de parecer un padre herido.

Mara extendió la mano. “¿Tienes documentos de