mi bolso.
Y toda la situación cambió.
Seis meses antes, habían intentado asaltarme fuera de mi oficina.
Tras aquel incidente, el departamento de seguridad de mi empresa había entregado dispositivos de grabación —pensados para la seguridad personal y de uso discreto— a los miembros de la alta dirección.
Lo había llevado puesto tantas veces que ya formaba parte de mi rutina.
La mayoría
de los días, ni siquiera reparaba en él.
Al parecer, papá no lo había tenido en cuenta en absoluto.
El