de cumpleaños esperándome en la cocina. Mi padre estaba sentado frente a mí, mientras su mujer removía el azúcar de su café y mi hermanastro se recostaba en la silla, con una tranquilidad que me resultó extraña.
—Siéntate, Caleb —dijo mi padre—. Ya tienes dieciocho años. Eres adulto, así que se acabó eso de mantenerte. Tienes que irte de casa.
Durante unos segundos pensé que estaba bromeando. Todavía me quedaban tres meses para terminar el instituto, así que le pregunté dónde se suponía que iba a vivir hasta graduarme.
Se