y un sobre con ochocientos dólares en efectivo.
Dinero que había ganado con mis propias manos durante los últimos veintiún días.
Exactamente a las 23:59, unas luces iluminaron la ventana.
Un instante después, la puerta principal se abrió y Arthur Kingsley entró en el restaurante.
Vestía un impecable traje azul marino y llevaba su maletín de cuero, una botella de agua con gas y dos vasos.
Miró su reloj.
El segundero pasó de las doce.
Era medianoche.
8 de octubre.
El trigésimo día había terminado.
—Enhorabuena, señor Vance —dijo