Su pequeño gesto, sin pretensiones, alivió la vergüenza que aún sentía la tripulación por el retraso en tierra.
Richard rechazó cualquier servicio con un murmullo rígido y apenas audible, manteniendo las manos entrelazadas sobre su regazo. Su traje de raya diplomática, otrora una armadura de dominio ejecutivo, ahora se sentía como un pesado y asfixiante recordatorio de su arrogancia mal calculada.
Transcurrieron diez minutos de silencio antes de que Richard finalmente girara la cabeza hacia la ventana, mirando directamente al adolescente. Sus ojos ya no reflejaban condescendencia; en ellos se