con una disposición que invitaba a la honestidad absoluta. «Lo escucho, señor Bennett». Su tono estaba libre de resentimiento, permitiéndole hablar con auténtica vulnerabilidad.«Fui amargado, impaciente y arrogante», admitió Richard con voz firme pero llena de sincero remordimiento. «Usé mi posición para intimidar a alguien que creía indefenso. Fue un acto de cobardía, y lamento profundamente mis acciones».
Zara observó su rostro durante un largo rato, percibiendo el sincero arrepentimiento que había reemplazado su inicial arrogancia empresarial. «Acepto sus disculpas, señor Bennett. Se necesita verdadero valor para admitir un