de la piscina, me reía a carcajadas y saltaba al agua sin la menor vacilación.
Parecía inmensamente feliz.
—¿Te acuerdas de aquella niña? —me preguntó.
Sonreí entre lágrimas.
—Sí.
—La echo mucho de menos.
Aquellas palabras me rompieron el corazón.
—Sigues siendo la misma Emily. Solo que algunas personas crueles te han convencido de que no mereces disfrutar de tu propia vida.
Bajé la cabeza.
—Abuelo, no lo entiendes. La gente se queda mirándome.
—Puede que sí. Pero las miradas de los demás no determinan tu valor.
Entonces mi abuelo