—¡Porque estoy gorda, abuelo! ¡Porque odio mi cuerpo! ¡Porque la gente se ríe de mí cuando me mira!
Las lágrimas me resbalaban por las mejillas.
—¿Sabes cuántas veces he rechazado ir a nadar? ¿Cuántas noches he llorado delante del espejo? ¡Y ahora me pides que haga precisamente aquello que más miedo me da!
Mi abuelo permaneció en silencio durante un largo rato.
Entonces me hizo una pregunta inesperada.
—¿Sabes por qué tu abuela no entró en esta piscina durante los últimos diez años de su vida?
Lo miré, confundida.
—No.