Abrió la vieja caja que había sobre la mesa. Dentro había fotografías. Sacó una de ellas.
En la imagen aparecía una mujer joven, de rostro redondo, abdomen prominente y caderas anchas. Estaba de pie junto a aquella misma piscina.
—¿Esa es la abuela?
—Sí. Tenía treinta y cinco años.
Me quedé mirándola, asombrada. Se parecía tanto a mí que, por un instante, tuve la sensación de estar contemplando una fotografía antigua de mí misma.
—Tu abuela se avergonzó de su cuerpo durante años —me explicó mi abuelo—. Cada verano me