había llegado quince minutos antes a aquel restaurante del centro de Querétaro. Se había puesto un vestido verde que llevaba meses guardado, se había arreglado el cabello dos veces y hasta había cambiado de aretes antes de salir de casa.
A sus 35 años, se había prometido que ya no se pondría nerviosa por una cita.
Pero llevaba tres años sin intentar nada serio.
Y aquella noche había aceptado únicamente porque una amiga insistió durante semanas.
“Es buena persona. Tiene un trabajo estable. Quiere formar una familia. Dale una oportunidad.”