el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Qué mensaje?
La mujer respiró profundamente.
—Me dijo que, si usted preguntaba por los niños, debía decirle que no apareciera en su vida sin estar preparado para escuchar toda la verdad.
—¿Qué verdad?
—Eso debe decírselo ella.
—Necesito hablar con Savannah.
—No puedo obligarla a hablar con usted, señor Mercer. Ella ha pasado mucho tiempo intentando reconstruir su vida.
—¿Los niños son míos?
El silencio al otro lado de la línea duró demasiado.
—Buenas noches, señor Mercer.
La llamada terminó.
Me quedé mirando el