como una mancha que debía ocultar para no incomodar a Adrián. De pronto, personas a las que él admiraba la recordaban precisamente por aquello que él nunca se había molestado en conocer.
No sintió orgullo inmediato.
Sintió duelo.
Duelo por la mujer que había reducido su propia historia para que el ego de otro hombre tuviera más espacio.
Cerca de medianoche, él la encontró junto a una ventana.
—Quiero arreglarlo.
—No.
—Ni siquiera me dejas hablar.
—Has hablado durante años. Yo confundí escucharte con obedecerte.
—Clara se ha ido.
—Eso