Mientras mi marido se vestía para la gala más exclusiva de Madrid, me anunció que llevaría a otra mujer y que yo debía desaparecer de nuestro ático antes del amanecer. “Haz una maleta. Quiero que dejes el ático antes de las 6:00”. No lloré: saqué mi propio vestido y acepté una invitación secreta. 3 horas después, entré del brazo del único hombre que él jamás quiso tener en contra.

Mi abogada llegará a las 10:00.

Adrián dejó sus llaves sobre la consola. Por primera vez, fue él quien pareció no saber si tenía derecho a quedarse.

El amanecer empezaba a borrar el azul oscuro del cielo.

Adrián había querido expulsarla antes de que saliera el sol.

Pero cuando la primera luz entró por los ventanales, quien había desaparecido no era Elena.

Era la mujer que él había convencido de hacerse pequeña para caber en su vida.